
La primera vez nos asustamos. Fue al cambiarle, después del biberón de las cinco de la tarde, cuando vimos en el pañal una mancha húmeda y rojiza que nos alarmó. Alberto, mi marido, cogió al bebé de inmediato y lo inspeccionó de arriba a abajo intentando averiguar de dónde procedía ese extraño color con el que se había empapado el pañal. No tenía la textura de la sangre y eso nos tranquilizó. Como a simple vista no encontramos nada que pudiera darnos alguna pista sobre el chocante incidente, Alberto puso su dedo índice sobre el cerco rojizo y después se lo acercó a la nariz. Lo hizo hasta tres veces, como si el hecho de repetir el gesto fuera a cambiar la realidad.
-Es vino –me dijo con tanta seguridad que por un segundo me pareció normal que un bebé de tres meses meara vino.
Colocamos al niño desnudo sobre la cama a la espera de que volviera a hacer pis. Queríamos comprobar con nuestros propios ojos lo que estaba pasando. Tres cuartos de hora más tarde, un chorro rosado salió a presión de la colita del chiquitín y Alberto consiguió meter parte del líquido en un vaso que ya tenía preparado para la ocasión
Lo probamos. Y, en efecto, era vino. Un vino joven, un poco aguado y sin cuerpo pero con un sabor agradable.
No sabíamos cómo actuar. Benjamín estaba bien, contento, sonreía, no tenía fiebre ni ningún otro síntoma que pudiera hacernos sospechar que estaba enfermo. Lo único que le pasaba era que en vez de hacer pis, hacía vino. Verdaderamente, esa ya era una buena razón para llevarle a urgencias pero pensamos que si lo hacíamos lo someterían a infinidad de pruebas y análisis y que, al final, concluirían que se trataba de una enfermedad rara de esas que nadie sabe cómo se curan ni por qué aparecen, así que como buenos padres que éramos, decidimos ahorrarle las molestias.
Pasaron los meses y Benjamín crecía sano, sin problemas físicos ni mentales. Aunque seguía haciendo vino. Alberto se acostumbró a beberlo en las comidas. Decía que era suave y afrutado y que maridaba muy bien con el queso tierno y los espagueti a la vongole, su plato preferido.
Cuando Benjamín cumplió un año, observamos algunos cambios en su vino: era algo más oscuro que al principio y, a veces, dejaba minúsculos sedimentos que se adherían al pañal o se depositaban en el fondo del vaso que Alberto llenaba cada día. Ya por entonces, los briks de vino de mesa habían desaparecido de nuestra lista de la compra. No bebíamos otro vino que no fuera el de nuestro pequeño y cuando, en alguna reunión con amigos, no nos quedaba más remedio que hacerlo, todos nos parecían ásperos y avinagrados. Amor de padres o no, esa era la impresión que teníamos.
-Este vino es un crianza estupendo –dijo Alberto después de efectuar varias catas, a distintas horas del día y durante varios días consecutivos. Apuró las últimas gotas de su copa y continuó describiéndolo como un vino intenso, largo y potente, con ligeros matices balsámicos y de chocolate negro.
Nos pareció que dejar que un vino de semejante calidad se perdiera en los pliegues de celulosa de un pañal sucio era un pecado y, como nosotros solos no podíamos bebernos toda la producción, decidimos embotellarlo. Unos meses más tarde, teníamos el trastero lleno de cajas con botellas de vino debidamente etiquetadas. Comenzamos a regalarlas. En Navidad, en cumpleaños o como detalle de cortesía cuando visitábamos a algún amigo. Cualquier excusa era perfecta para ofrecer nuestro vino a jefes, vecinos, compañeros o conocidos. A todos les encantaba. Algunos se ponían pesados preguntándonos de dónde lo sacábamos o dónde podían comprarlo. Preguntas que, por supuesto, nunca encontraban una respuesta concreta o esclarecedora. Podríamos haber vendido todas esas botellas que se nos amontonaban ya no sólo en el trastero sino también en la cocina, en la despensa y en el hueco de la escalera porque, la verdad, Benjamín nos había salido meón, pero no nos parecía ético lucrarnos con ello ni queríamos explotar a nuestro hijo.
Cuanto más tiempo pasaba, más esfuerzo teníamos que hacer para ver algo extraño en lo que nos estaba pasando, para nosotros era normal, algo que teníamos asumido, sin más, como el que tiene un hijo superdotado, cabezón o hiperactivo, Estábamos tranquilos y acostumbrados, sobre todo porque Benjamín, en todo lo demás, seguía siendo un niño normal: alegre, simpático, listo y, sobre todo, sano. Sus visitas periódicas al pediatra así lo confirmaban. Lo llevábamos cada seis meses para que lo viera el doctor Jiménez y él, después de medirlo, pesarlo y aoscultarlo, siempre nos decía lo mismo:
-Enhorabuena, tenéis un niño grande y fuerte.
-Sí, como una barrica de roble –le gustaba contestar a Alberto y a continuación soltaba una carcajada cuyo significado sólo entendíamos nosotros.
Cuando Benjamín cumplió tres años, volvió a producirse un cambio en el tipo de vino que meaba. Por esas fechas le habíamos quitado ya los pañales y le habíamos enseñado a orinar en unas divertidas botellas de colores que teníamos repartidas por toda la casa. A él le gustaba el juego y aprendió enseguida a controlar su vejiga y a no derramar ni una gota fuera de la botella. Tenía muy buena puntería.
Esta vez el cambio no nos pilló desprevenidos, de hecho lo esperábamos desde hacía un tiempo. El color volvió a oscurecerse un poco más y el vino tomo cuerpo y consistencia. Tiramos unas decenas de litros hasta que consideramos que el cambio ya estaba consolidado y entonces, lo degustamos. Alberto quiso que lo hiciéramos con toda la solemnidad y el boato que merecía un vino que ya, antes de probarlo, sabía que sería espléndido. Preparó una cena de gala: una mesa con velas, vajilla de Villeroy&Boch, cubiertos de plata, copas Riedel Sommelier, un aireador Vinturi último modelo y, por supuesto, un menú especial a base de foie con salsa de boletus y solomillo de buey. Cuando, después de todo el complicado ritual de cata, bebió un sorbo, le embargó una emoción extrema.
-Cariño, este es un reserva –me dijo –el mejor reserva del mundo.
Se sirvió otra copa y compartió conmigo sus impresiones sobre el nuevo vino de nuestro pequeño Benjamín: Envolvente, equilibrado, sedoso, con una fuerte mineralidad, aromas de confitura de frutas maduras, dátil, vainilla, canela y pan tostado, con taninos suaves y bien estructurados.
Un tesoro cuyas excelentes propiedades pusimos a prueba en la primera ocasión que se nos presentó. Fue en una cena organizada por los jefes de Alberto con motivo de la firma de un nuevo contrato de publicidad con un importante anunciante. En la reunión estaban, por parte de la agencia, los dos jefes de Alberto, los ejecutivos que se iban a encargar de la cuenta, entre ellos mi marido, y el director creativo. Por parte del anunciante, se presentaron el director de marketing y la directora comercial, todos con sus respectivas parejas. Nos costó que abrieran nuestro vino teniendo como tenían los mejores Riberas, Riojas y Albariños preparados para la ocasión. Pero la insistencia de Alberto, tan obstinado como siempre, dio resultado y se atrevieron a descorchar una de las cuatro botellas que habíamos llevado. No se habló de otra cosa en toda la cena. Al abrir la última botella, ya habían nombrado a Alberto responsable absoluto de la cuenta y le habían prometido, medio en broma medio en serio, una importante subida de sueldo.
Sin embargo, unos meses más tarde, Benjamín se empezó a cansar de mear en una botella. Ya había empezado a ir a la guardería y había descubierto que sus compañeros meaban en el váter, junto a un árbol cuando estaban en el parque o detrás de un coche si era necesario. Y todas esas maneras de hacer pis, él las tenía prohibidas. Supimos que nos desobedecía cuando comprobamos que ya apenas llenaba media botella de vino cada dos días. Alberto se enfadó mucho con Benjamín. Lo que más le incomodaba no era que un vino tan extraordinario se perdiera tuberías abajo ni siquiera que alguien descubriera nuestro secreto. Para él lo peor era que sentía que su puesto de trabajo se podía ver comprometido. Tenía demasiada presión en la oficina con el dichoso reserva. Cada vez que se tropezaba con alguno de sus jefes por los pasillos, le pedían una botella, o dos porque tenían un compromiso, o tres porque iban a dar un fiesta importantísima. Siempre había podido complacer sus deseos pero ahora ya apenas teníamos seis o siete litros en la despensa y, viendo cómo iban las cosas, pronto se acabarían definitivamente.
Le vi tan nervioso y tan estresado en aquellos días que pensé que podíamos escaparnos un fin de semana a algún lado, los dos solos. Unos días tranquilos, en plan romántico, que nos permitieran desconectar y ver las cosas con cierta distancia. Cuando se lo comenté a Alberto, le pareció una idea genial y se ofreció para organizarlo todo. Dos días después, me contó los planes.
-He reservado en aquél hotel-bodega en el que estuvimos hace cuatro años. ¿Te acuerdas? Era en un pueblo de Logroño, un hotel precioso, diseñado por ese arquitecto tan famoso…Todavía recuerdo esa habitación y esa cama…Además he pedido que nos den la 201, la misma en la que estuvimos aquella vez, tenía unas vistas preciosas hacia las viñas. ¿Crees que podremos repetir todo lo que hicimos esos días? –me preguntó con un tono picante que hacía tiempo que no notaba en él.
Y entonces me di cuenta. Nunca lo había pensado. Jamás se me había pasado por la imaginación algo tan disparatado pero todo coincidía: La fecha de nuestro viaje, esas noches de pasión, el nacimiento de Benjamín nueve meses más tarde, las extrañas habilidades de nuestro hijo… Llamé de inmediato al hotel para anular la reserva y me dispuse a buscar un nuevo destino para nuestra escapada. Apunté en la libreta el número de teléfono de una antigua vaquería reconvertida en hotel rural en la montaña asturiana y el de un lujoso hotel ubicado en el edificio de una vieja prensa de aceite en la provincia de Jaén.
Tardé un buen rato en decidirme por uno de ellos y marcar, con cierta pereza e inseguridad, su número.
Chelo Sierra