VINO D´AMORE

Por las cristaleras del espacio diáfano entraba, tenue, la luz. Giovanna había colocado en una esquina una mesa baja, pequeña y redonda; sobre ella, una  gran copa con vino tinto, una rosa roja y una botella vacía un tanto especial.

En la chaise-longue fui colocando toda la ropa y me senté en el sillón orejero color burdeos, justo enfrente de la mesita. Cada vez que me tocaba posar en ese sillón y mi piel rozaba su suave tacto, sentía escalofríos de placer.

Giovanna apareció por el fondo de la sala envuelta en una bata de seda púrpura y oro. Estuvo un instante contemplando la composición para, posteriormente, acercarse. Me despeinó, me colocó los brazos y las piernas a su gusto, arrimó un poco la mesa, cambió de lugar varias veces los elementos de la misma, colocó mi miembro sobre la pierna izquierda o la derecha, lo agitó suavemente para comprobar si le interesaba que estuviese erguido o flácido, corrió y descorrió los visillos hasta encontrar el punto de luz que le apetecía, y finalmente se dirigió al atril y comenzó su nuevo cuadro.

De vez en cuando me rogaba, amablemente, que mantuviese erecto el pene, ya que había decidido que así le gustaba más. Al principio fue un trabajo arduo y, viendo la actitud del mismo, Giovanna decidió desprenderse de la bata y quedarnos ambos con el ropaje que la madre naturaleza nos había dado al nacer. Aunque Giovanna era una mujer muy atractiva, “él” seguía con sus subidas y bajadas aleatorias.

Decidí intervenir y puse la imaginación a funcionar. Comencé a concentrarme en los tres elementos que estaban sobre la mesa. La vista se me fue hacia la rosa roja y empecé a deshojarla mentalmente, pensando en cada una de las mujeres a las que había tenido el enorme placer de acariciar y amar. Emocionado, recordé escenas de todo tipo, una tras otra, y comprobé que cada pétalo contenía una historia diferente. Néctar de amor.

Pedí a Giovanna permiso para saborear el vino que había en la copa; era bueno, muy bueno. Pero, ¿Qué ocurriría, si a esos pétalos que habían sido tamizados por mis recuerdos amorosos se les extrajese el jugo y este fuese mezclado con el espléndido vino de Giovanna?

A la rosa solo le quedaba un imaginario pétalo.

Cuando Giovanna acabase el cuadro debía  comprobar científicamente la verosimilitud de mi fascinante idea. ¡Sería maravilloso un vino con sabor a rosas, un vino d’amore! Si a ese contenido le acompañase un continente acorde, tendríamos un producto para sibaritas.

Ella me contemplaba y yo cerré los ojos. Llevé a la imaginación el amor de ese último pétalo. Me vi en la isla de Murano, frente al Lido de Venecia, en un pequeño hotelito. Éste se encontraba rodeado de talleres de artesanos del vidrio que, magistralmente, lo trabajaban desde tiempos inmemoriales.

Aunque casi me doblaba en edad, Giovanna estaba exuberante y exhalaba sensualidad a raudales. Percibí el néctar del último pétalo mezclado con el vino e introducido en una de las mágicas botellas de Murano.

Comencé a oír un susurro lejano con mi nombre: Paolo…, Paolo…, Paolo…, Paolo…

Abrí los ojos y admiré a Giovanna con su bata púrpura y oro en la lejanía del desván, más hermosa que nunca. Me citó para el día siguiente a la misma hora.

Parecía que todo había cambiado a mí alrededor. Era la primera vez en mi vida que sentía una tristeza enorme por la separación de alguien. Comprendí que realmente había extraído el néctar al último pétalo de la rosa.

¡Quién iba a decir que yo, Paolo Bergomante, me había enamorado!

Luis Ruiz-Medina

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ROMANCE DE LOS ESPONSALES DEL BUEN REY MEMENDO Y LA FERMOSA PRINCESA CEJIJUNDA O LAS VIRTUDES DEL VINO

En la corte de las luces,
Por las fiestas de primavera,
Corren vientos de esponsales
Entre la más alta nobleza.
El Buen Rey Memendo,
Que con justicia es llamado,
Desposa a la Cejijunda,
Princesa de rancio abolengado.
Pocas loas a la princesa
Los juglares han cantado,
Versos a su hermosura
O a su buen juicio formado.
El ojo bueno tenia echado
A una moza del palacio, pero
¿Cómo contentar al corazón
Cuando hay razón de estado?
Y Como reo de muerte
Al patíbulo esperando,
Se resigna el buen Memendo,
Aunque no de muy buen grado.
Que aquí no valen las perdices
Solo acuerdos y tratados
Que con tributo de los súbditos
Serán de sobra compensados.

Uno de los consejeros
Que es viajero versado
Que pidió saber al mundo
Y a quien el mundo ha ilustrado,
Le habla al rey Memendo
De un elixir casi mágico
Que desde allende los mares
Trajo oculto en su alforjado.
En campos de su heredad
Lleva tiempo cultivando,
En la oscura mazmorra
Una añada reposando.
Elixir que reduce la tristeza,
Que llama al baile y al canto,
Que produce calorcillo
Y que transforma lo mirado.
Comparten pronto rey y súbdito
Con gran contento y agrado
Risas, chanzas y piruetas
Por el licor propiciado.
Llega hasta el altar el rey
Con ojos de bobo enamorado
Y a la Cejijunda observa
Por el pasillo desfilando
Con andares casi hombrunos
Rotunda, despacito y renqueando,
Lo que al buen rey ha parecido
Un coqueto balanceado.
El trámite del convite
Se convierte en afamado
Y por muchos decenios
En la región es recordado,
Pichones y gacelas,
Gorrinos y venados,
Pavos y capones
Por el licor bien regado.
Luego en la coyunta,
Ya sin pero ni reparo,
El buen rey Memendo
Se apresta alborozado
Dormir a pierna suelta
Sobre el escote rebosado.
Por otro lado Cejijunda,
Con júbilo mal disimulado,
Recibe el abrazo de barón
Por largo tiempo deseado,
Aunque no sea de gran señora
Que tal asunto sea de agrado
A quien le importan los rumores
Cuando el matrimonio es sagrado.
Con una docena de infantes
Le ha obsequiado la Cejijunda
Que después de tanto parto
Descansa ¡por fin! En la tumba.

De la heredad del consejero, el rey
Manda se extienda por el campo,
Aquel sarmiento retorcido
Que tanta fortuna le ha dado.
Pronto una gran riqueza
Se extiende por cada poblado
Y en toda casa se produce
Aquel elixir casi mágico.
Fuera de sus fronteras
Las lenguas corren de encargo
Y todo el mundo pregunta
Por este licor renombrado.

Por ser tan bien recibido
Vino pusieron al caldo
Y hasta en el último rincón
De este reino es cultivado.
Desde todas mesa y festejo
Hasta el altar más sagrado,
Con alegría es recibido
Y de cumplimiento obligado.
Ángela Pérez Martín

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ES LUNES PERO FESTIVO



En el número cincuenta y ocho de la calle Olivares, Ambrosio Herculano se encontraba cortando un desmadrado seto del jardín cuando, de repente, soltó un taco, tiró la máquina en el césped y corrió hacia la casa con la mano en el muslo. Se fue directo al baño y, con mucho cuidado, se quitó el pantalón desgarrado en su patera izquierda. La herida sangraba en abundancia –¡maldito corta-setos!, dijo, entre otras cosas–. Jacinta, que había oído las imprecaciones de su marido, corrió hacia el baño y se encontró al basilisco herido y en calzoncillos.

–¿Qué te ha pasado? –gritó alarmada al ver la pierna sangrar.

–¿Es que no lo ves? –profirió Ambrosio con los buenos modos que lo caracterizan, incrementados por el miedo a lo que podía encontrarse bajo aquel flujo sanguíneo.

–Siéntate en el borde de la bañera –le ordenó tajante la habitualmente suave y cariñosa Jacinta–. Por fuera no, por dentro.

Torpemente se sentó Ambrosio mientras el cuerpo le temblaba; Jacinta procedió entonces a duchar con agua fría el muslo herido.

–El corte parece profundo pero limpio, no hay desgarros –dijo mientras enjabonaba suavemente la zona–. Menos mal que ha sido en la cara externa del muslo. Ha sido el corta-setos, ¿verdad?

Él respondió con un gruñido. El susto iba remitiendo a medida que las manos y voz de Jacinta, se convertían en bálsamo para el botarate de Ambrosio. Una vez lavada la herida, puso sobre ella un paño doblado varias veces y le dijo que lo sujetara un momento. Salió del baño y al poco volvió con una botella descorchada de Corte Real Platinum.

–¿Lo vamos a festejar? –preguntó Ambrosio con irónico enfado.

–Quita la mano –dijo ella por toda respuesta. Luego apartó el paño y, ante el estupor de Ambrosio, regó abundantemente la herida con el vino.

–Pero, ¿qué haces? ¡Con vino no se curan las heridas!

–Con vino las heridas se curan. ¿Qué crees que curó las heridas de la cara del pícaro Lázaro, cuando el ciego le rompió la jarra en el rostro?, el vino, fue el vino con el que lo lavó.

–Joder, ¡pero no sería Corte Real Platinum!

–Oye, oye, si quieres te pongo vino de cocinar… Anda, estate quieto y calla, que sé lo que me hago. Con éste se curará mucho mejor. La herida tiene labios, ¿verdad?, y al fondo se encuentra la garganta del corte, ¿no es cierto?, ¿a ti no te parece que labios y garganta son elementos que se emplean para disfrutar de las delicias de un buen vino?

–Pero falta la lengua, darling –dijo Ambrosio imitando al lord inglés de la película de la noche anterior.

–Menos mal, ¿te imaginas una lengua relamiéndose los bordes de la herida?

Ambrosio la miró con arrobo pero, cuando fue consciente de ello, él, el duro, el macho, el educado en otros tiempos en que el nivel de testosterona clasificaba a los hombres, se limitó a gruñir de nuevo.

–Y ahora apóyate en mí. Nos vamos al hospital. Seguramente tendrán que darte unos puntos. Hoy conduciré yo.

Marcharon hacia el hospital. Ambrosio olvidó su herida para dedicarse a frenar con la pierna buena mientras le subía, desde la entrepierna hasta la garganta, cierta conocida sensación.

Efectivamente, había que darle puntos.

–¡Qué herida tan bonita –dijo la ATS poniendo boca de piñón–, yo quiero una igual! ¿Con qué le ha hecho la primera cura para que tenga tan buen aspecto? –preguntó a Jacinta.

–Para un real corte, nada mejor que el vino Corte Real.

–Platinum –añadió él.

–¡Ostras! Su esposa debe de adorarle para hacer algo semejante.

–No sé, no sé… –dijo Ambrosio conteniendo un latigazo de ternura, mientras Jacinta le regalaba una mirada melosa.

–Tengo que contárselo a la dirección del hospital, para que cambien la mercromina por Corte Real. ¡Anda, me ha salido un pareado! –exclamó la ATS, y los tres rieron.

Cuando volvieron a casa, se sentaron en el salón y acabaron la botella de vino, junto con un guiso de magro con pimientos. Jacinta se aligeró de ropa y arrimó su silla a la de Ambrosio mientras éste se quitaba la chaqueta.

–¡Qué calor, dijo él.

–Sí. Es que en enero hay días así de tontos –dijo ella al tiempo que lo miraba con ojos brillantes.

–Ya lo creo –añadió él con un ligero temblor en la voz.

–¿Sabes qué te digo? –comenzó a decir ella.

–Dime, dime, Jacinta.

–Pues que podrías darte una ducha.

–¿Y la herida qué? –inquirió Ambrosio.

–La herida te la cubro bien con papel film de cocina y con cinta aislante.

–¡Venga! –dijo él muy animado–. Qué pena que ya no tengamos el cepillo de mango largo para frotarme la espalda.

–Esa te la froto yo –dijo Jacinta mientras le ponía la mano en el pecho.

–¡Vamos a la ducha! –soltó Ambrosio entusiasmado.

El agua silba mientras ríen divertidos entre pequeños gritos de Jacinta. Ella susurra algo y la, a veces, voz destemplada de Ambrosio, confiesa suavemente: Te quiero. Luego hay otros sonidos ininteligibles pero de fácil conjetura.

La temperatura ha subido y el espejo del baño no se entera de nada: le han salido cataratas.

El buen vino ha trabajado bien: además de curar la herida y deleitar el paladar de Jacinta y Ambrosio, ha sacado a la superficie sentimientos reprimidos.

Es lunes pero festivo, en la calle Olivares, 58.

Carlos Daucousse

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COMO UNA BARRICA DE ROBLE

La primera vez nos asustamos. Fue al cambiarle, después del biberón de las cinco de la tarde, cuando vimos en el pañal una mancha húmeda y rojiza que nos alarmó. Alberto, mi marido, cogió al bebé de inmediato y lo inspeccionó de arriba a abajo intentando averiguar de dónde procedía ese extraño color con el que se había empapado el pañal. No tenía la textura de la sangre y eso nos tranquilizó. Como a simple vista no encontramos nada que pudiera darnos alguna pista sobre el chocante incidente, Alberto puso su dedo índice sobre el cerco rojizo y después se lo acercó a la nariz. Lo hizo hasta tres veces, como si el hecho de repetir el gesto fuera a cambiar la realidad.

-Es vino –me dijo con tanta seguridad que por un segundo me pareció normal que un bebé de tres meses meara vino.

Colocamos  al niño desnudo sobre la cama a la espera de que volviera a hacer pis. Queríamos comprobar con nuestros propios ojos lo que estaba pasando. Tres cuartos de hora más tarde, un chorro rosado salió a presión de la colita del chiquitín y Alberto consiguió meter parte del líquido en un vaso que ya tenía preparado para la ocasión

Lo probamos. Y, en efecto, era vino. Un vino joven, un poco aguado y sin cuerpo pero con un sabor agradable.

No sabíamos cómo actuar. Benjamín estaba bien, contento, sonreía, no tenía fiebre ni ningún otro síntoma que pudiera hacernos sospechar que estaba enfermo. Lo único que le pasaba era que en vez de hacer pis, hacía vino. Verdaderamente, esa ya era una buena razón para llevarle a urgencias  pero pensamos que si lo hacíamos lo someterían a infinidad de pruebas y análisis y que, al final, concluirían que se trataba de una enfermedad rara de esas que nadie sabe cómo se curan ni por qué aparecen, así que como buenos padres que éramos, decidimos ahorrarle las molestias.

Pasaron los meses y Benjamín crecía sano, sin problemas físicos ni mentales. Aunque seguía haciendo vino. Alberto se acostumbró a beberlo en las comidas. Decía que era suave y afrutado y que maridaba muy bien con el queso tierno y los espagueti a la vongole, su plato preferido.

Cuando Benjamín cumplió un año, observamos algunos cambios en su vino: era algo más oscuro que al principio y, a veces, dejaba minúsculos sedimentos que se adherían al pañal o se depositaban en el fondo del vaso que Alberto llenaba cada día. Ya por entonces, los briks de vino de mesa habían desaparecido de nuestra lista de la compra. No bebíamos otro vino que no fuera el de nuestro pequeño y cuando, en alguna reunión con amigos,  no nos quedaba más remedio que hacerlo, todos nos parecían ásperos y avinagrados. Amor de padres o no, esa era la impresión que teníamos.

-Este vino es un crianza estupendo –dijo Alberto después de efectuar varias catas, a distintas horas del día y durante varios días consecutivos. Apuró las últimas gotas de su copa y continuó describiéndolo como un vino intenso, largo y potente, con ligeros matices balsámicos y de chocolate negro.

Nos pareció que dejar que un vino de semejante calidad se perdiera en los pliegues de celulosa de un pañal sucio era un pecado y, como nosotros solos no podíamos bebernos toda la producción, decidimos embotellarlo. Unos meses más tarde, teníamos el trastero lleno de cajas con botellas de vino debidamente etiquetadas. Comenzamos a regalarlas. En Navidad, en cumpleaños o  como detalle de cortesía cuando visitábamos a algún amigo. Cualquier excusa era perfecta para ofrecer nuestro vino a jefes, vecinos, compañeros o conocidos. A todos les encantaba. Algunos se ponían pesados preguntándonos de dónde lo sacábamos o dónde podían comprarlo. Preguntas que, por supuesto, nunca encontraban una respuesta concreta o esclarecedora. Podríamos haber vendido todas esas botellas que se nos amontonaban ya no sólo en el trastero sino también en la cocina, en la despensa y en el hueco de la escalera porque, la verdad, Benjamín nos había salido meón, pero no nos parecía ético lucrarnos con ello ni queríamos  explotar a nuestro hijo.

Cuanto más tiempo pasaba, más esfuerzo teníamos que hacer para ver algo extraño en lo que nos estaba pasando, para nosotros era normal, algo que teníamos asumido, sin más, como el que tiene un hijo superdotado, cabezón o hiperactivo, Estábamos tranquilos y acostumbrados, sobre todo porque Benjamín, en todo lo demás, seguía siendo un niño normal: alegre, simpático, listo y, sobre todo, sano. Sus visitas periódicas al pediatra así lo confirmaban. Lo llevábamos cada seis meses para que lo viera el doctor Jiménez y él, después de medirlo, pesarlo y aoscultarlo, siempre nos decía lo mismo:

-Enhorabuena, tenéis un niño grande y fuerte.

-Sí, como una barrica de roble –le gustaba contestar a Alberto y a continuación soltaba una carcajada cuyo significado sólo entendíamos nosotros.

Cuando Benjamín cumplió tres años, volvió a producirse un cambio en el tipo de vino que meaba. Por esas fechas le habíamos quitado ya los pañales y le habíamos enseñado a orinar en unas divertidas botellas de colores que teníamos repartidas por toda la casa. A él le gustaba el juego  y aprendió enseguida a controlar su vejiga  y a no derramar ni una gota fuera de la botella. Tenía muy buena puntería.

Esta vez el cambio no nos pilló desprevenidos, de hecho lo esperábamos desde hacía un tiempo. El color volvió a oscurecerse un poco más y el vino tomo cuerpo y consistencia. Tiramos unas decenas de litros hasta que consideramos que el cambio ya estaba consolidado y entonces, lo degustamos. Alberto quiso que lo hiciéramos con toda la solemnidad y el boato que merecía un vino que ya, antes de probarlo, sabía que sería espléndido. Preparó una cena de gala: una mesa con velas, vajilla de Villeroy&Boch, cubiertos de plata, copas Riedel Sommelier,  un aireador Vinturi último modelo y, por supuesto, un menú especial a base de foie con salsa de boletus y solomillo de buey. Cuando, después de todo el complicado ritual de cata, bebió un sorbo, le embargó una emoción extrema.

-Cariño, este es un reserva –me dijo –el mejor reserva del mundo.

Se sirvió otra copa y compartió conmigo sus impresiones sobre el nuevo vino de nuestro pequeño Benjamín: Envolvente, equilibrado, sedoso, con una fuerte mineralidad, aromas de confitura de frutas maduras, dátil, vainilla, canela y pan tostado, con taninos suaves y bien estructurados.

Un tesoro cuyas excelentes propiedades pusimos a prueba en la primera ocasión que se nos presentó.  Fue en una cena organizada por los jefes de Alberto con motivo de la firma de un nuevo contrato de publicidad con un importante anunciante. En la reunión estaban, por parte de la agencia, los dos jefes de Alberto, los ejecutivos que se iban a encargar de la cuenta, entre ellos mi marido, y el director creativo. Por parte del anunciante, se presentaron el director de marketing y la directora comercial, todos con sus respectivas parejas. Nos costó que abrieran nuestro vino teniendo como tenían los mejores Riberas, Riojas y Albariños preparados para la ocasión. Pero la insistencia de Alberto, tan obstinado como siempre,  dio resultado y se atrevieron a descorchar una de las cuatro botellas que habíamos llevado. No se habló de otra cosa en toda la cena. Al abrir la última botella, ya habían nombrado a Alberto responsable absoluto de la cuenta y le habían prometido, medio en broma medio en serio, una importante subida de sueldo.

Sin embargo, unos meses más tarde, Benjamín se empezó a cansar de mear en una botella. Ya había empezado a ir a la guardería y había descubierto que sus compañeros meaban en el váter, junto a un árbol cuando estaban en el parque o detrás de un coche si era necesario. Y todas esas maneras de hacer pis, él las tenía prohibidas. Supimos que nos desobedecía cuando comprobamos que ya apenas llenaba media botella de vino cada dos días. Alberto se enfadó mucho con Benjamín. Lo que más le incomodaba no era que un vino tan extraordinario se perdiera tuberías abajo ni siquiera que alguien descubriera nuestro secreto. Para él lo peor  era que sentía que su puesto de trabajo se podía ver comprometido. Tenía demasiada presión en la oficina con el dichoso reserva. Cada vez que se tropezaba con alguno de sus jefes por los pasillos, le pedían una botella, o dos porque tenían un compromiso, o tres porque iban a dar un fiesta importantísima. Siempre había podido complacer sus deseos pero ahora ya apenas teníamos seis o siete litros en la despensa y, viendo cómo iban las cosas, pronto se acabarían definitivamente.

Le vi tan nervioso y tan estresado en aquellos días que pensé que podíamos escaparnos un fin de semana a algún lado, los dos solos. Unos días tranquilos, en plan romántico, que nos permitieran desconectar y ver las cosas con cierta distancia. Cuando se lo comenté a Alberto, le pareció una idea genial y se ofreció para organizarlo todo. Dos días después, me contó los planes.

-He reservado en aquél hotel-bodega en el que estuvimos hace cuatro años. ¿Te acuerdas? Era en un pueblo de Logroño, un hotel precioso, diseñado por ese arquitecto tan famoso…Todavía recuerdo esa habitación y esa cama…Además he pedido que nos den la 201, la misma en la que estuvimos aquella vez, tenía unas vistas preciosas hacia las viñas. ¿Crees que podremos repetir todo lo que hicimos esos días? –me preguntó con un tono picante que hacía tiempo que no notaba en él.

Y entonces me di cuenta. Nunca lo había pensado. Jamás se me había pasado por la imaginación algo tan disparatado pero todo coincidía: La fecha de nuestro viaje, esas noches de pasión, el nacimiento de Benjamín nueve meses  más tarde, las extrañas habilidades de nuestro hijo… Llamé de inmediato al hotel para anular la reserva y me dispuse a buscar un nuevo destino para nuestra escapada. Apunté en la libreta el número de teléfono de una antigua vaquería reconvertida en hotel rural en la montaña asturiana y el de un lujoso hotel ubicado en el edificio de una vieja prensa de aceite en la provincia de Jaén.

Tardé un buen rato en decidirme por uno de ellos y marcar, con cierta pereza e inseguridad, su número.

Chelo Sierra

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BRINDIS AL AIRE

Estrechar los lazos,

acallar las voces,

evitar los roces

de nuestra larga amistad.

Por encima del tiempo,

por debajo del miedo,

aun estando muy lejos,

a pesar de todo

tu presencia pervive

como piedra al sol.

Y el tiempo nos pasa,

aun dejándole ventaja,

nos adelanta … sigue

y nos deja muy atrás.

Cansados …

de correr sin rumbo,

nos sentamos al sol,

nos miramos de frente,

nos echamos unas risas,

nos tomamos unos vinos,

brindamos al aire,

y el tiempo dirá…

                                                                                       José María Pereira

Enero 2012.

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SIETE ROSAS


La música sonaba suave. La  letra de la canción parecía adivinar los sentimientos de su alma: “Lo que daría yo por parar su reloj en la madrugada”, repetía el estribillo de la canción una y otra vez.

Cristian cogió con la mano la copa llena del oloroso vino con la intención de brindar y esperó a que la copa de Lucía estuviera a la altura de la suya.

El olor de las siete rosas que ocupaban el centro de la mesa llenaba el ambiente.

Cristian había comprado para ella al pasar por la plaza siete rosas. Las más hermosas que encontró en la floristería antes de llegar a la casa. No faltaba ninguna. Eran siete porque siete habían sido los años que tardaron en reencontrarse. Siete largos años recordando el último beso.

Un beso bajo la tenue luz de la noche después de un brindis amargo.

Antes de aquella noche de despedida hubo otros días de rosas, de besos y caricias, pero todo ello no fue suficiente para romper la fatalidad de un destino opuesto; de dos raíces enfrentadas.

Siete años después de aquel lejano beso y de aquel brindis nunca olvidado. Lucía le abrió de nuevo la  puerta. Era la misma mujer que le pidió aquella noche después de besar sus labios que la olvidase, unos labios con sabor a vino amargo.

Cristian cogió  las siete rosas antes de llegar a la casa para rememorar cada uno de los siete años de alejamiento, que no de olvido. Lucía estaba esperando en la planta alta de casa, mirando a través de la ventana, mientras él se iba acercando despacio a la entrada.

El olor de las flores le iba embriagando el alma junto con los recuerdos.

La puerta estaba abierta: él subió despacio los peldaños de la escalera que le separaban de ella, uno a uno, pensando en cada uno de los años perdidos en los que nunca pudo olvidarla.

Cuando Cristian entró en el salón la volvió a ver tan atractiva y hermosa como antaño, y sus labios carnosos y rosados que  recordaba con pasión.

Fue como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo hubiese sido un sueño triste.

Lucía puso música, que comenzó a llenar el aire caliente de la habitación: “Lo que daría yo por parar su reloj en la madrugada”… el estribillo se repetía una y otra vez mientras Cristian descorchaba una botella de vino de un intenso color carmín.

Ella fue poniendo dentro de un jarrón de jade las siete rosas en mitad de la mesa. Dos copas fueron llenándose del oloroso vino. En el rincón, el viejo gato ronroneaba medio dormido. Ninguna palabra, solo miradas: la música y las miradas recordando cada minuto pasado en la lejanía cada caricia perdida.

Los dos sentados, uno frente al otro, con las siete rosas como testigos mudos separando sus copas. Él levantó la suya para brindar por ella, y esperó a que la de Lucía estuviera a la misma altura. Los cristales chocaron dejando escapar un sonido armónico y cristalino.

El vino cayó lento a la boca, y al fin los labios de los dos volvieron a unirse en un beso. El y ella tuvieron la sensación de que era el mismo beso que se dieron un lejano día bajo la tenue luz de una noche para el olvido llenándose del oloroso vino…

Genara Bermejo

 

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CONSEJOS DEL VINO


Bebedor, dame tu mano. Mejor dicho, tómame en tu mano. Jamás bebas sólo, hazlo conmigo. Mejor, bebe de mí; trata de acompasar tu paladar, después de un trago, a mi sabor. Coge con tiento el vaso sin apretarlo, pero con decisión; y cuando tengas miedo, confía en poder salvar los vericuetos de la vida a través de mí y conmigo.

Dime que apreciarás el verdor de las cepas agitándose con la brisa en verano, en esta Extremadura, que alguien que no la conozca dirá que es seca, árida y polvorienta, como un desierto.

Sé bien que no es así, porque aquí brota verde, cada primavera el sarmiento seco y retorcido, iniciándose así el bello proceso para llegar a conseguir que uno sea el prodigio final, ese milagro que es nacer en un racimo de uvas, brotado de un sarmiento para morir poco tiempo después de descorchar la botella que me contenga.

Recuerda que algún día, al acabar tu faena, echarás un vaso de vino para bebértelo, sólo o en compañía, te diré que nunca me bebas con ansia, ni con impaciencia, a menos que quieras pasar a ser un bebedor crónico, empedernido y dependiente.

Te aconsejo que siempre que puedas bébeme con medida y complacencia, y que sepas a conciencia hasta dónde puedes, mejor dicho, hasta cuando debes beber, y no olvides comer cuanto puedas; te diré que la mayoría de las personas que están enganchadas a la bebida, suelen rechazar la comida; no olvides que el perder o ganar la partida solo depende de ti. Te diré, como consejo, que en todas partes, como también en Extremadura quien mucho bebe, poco dura.

Pero si no me bebes, no te preocupes, me haré mas viejo, mejor dicho me transformaré en vino añejo y siempre habrá a quién le gustaré, y si abusan de mi, dirán que soy vino parlanchín, pero yo no hablo, soy fruto de la vid, de la paciencia de la tierra y del trabajo del hombre, como mucho, a veces desato la lengua o dilato el corazón.

Bebedor, a cambio de estos consejos, sólo te pediré una cosa para que siga perpetuándome como milagro año tras año: cuida la viña, mi madre y al viñedo, mi padre, con tanto esmero como te enseñó tu padre cuando eras pequeño, recuérdalo

Yo el vilipendiado por unos y adorado por otros, EL VINO.

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